Una convicción profunda subyace el hecho de haber cambiado pluma y papel, por teclado y pantalla. No creo que sea sólo la confianza que ha nacido entre nosotros y la computadora, como un movimiento gradual y obvio, o incluso necesario, como el paso de la pluma a la máquina de escribir: no. Entre la computadora y la máquina de escribir se alza un muro descomunal. Creo que la distinción entre uno y otro método radica en que, adjunto al avance de la pluma (o al ruidoso teclear de la máquina de escribir), viene un intenso sentido de perennidad del que carece el ordenador. ¡Qué sencillo es borrar una frase, un párrafo o páginas enteras en la pantalla de la computadora! El compromiso que existe entre esas letras y el autor es pequeño comparado con el de aquél que escribe a mano. Por ejemplo, ahora, en estos renglones… sencillamente me intimida el papel en un primer momento: me acerco a la hoja con cierto temor e ingenuidad que gradualmente desaparecen conforme crece la intimidad entre nosotros. Verter la primera letra sobre la página, dejar que la tinta trace el primer paso, involucra titánica predeterminación y solemnidad. Lo que ya se ha escrito con la pluma no se borra fácilmente. Estas palabras a las que otorgamos vida, un tiempo y un espacio, no pueden desaparecer del todo. Siempre dejan algo. Se pueden cubrir de rayones, por supuesto, pero seguirán ahí, debajo, en los subsuelos de la tinta, avergonzadas como adefesios, pero vivas. Se puede arrancar la hoja del cuaderno y tirarla a la basura, pero ese escrito no perece. Incluso si uno opta por incinerar el texto (achicharrando la tinta de cada letra) las cenizas y el olor de papel quemado están tan al alcance de nuestros sentidos que el vínculo no termina de romperse. Por supuesto, este mismo sentimiento paternalista involucra no sólo cautela, sobre todo suprema satisfacción y orgullo.
Y el hecho de que la tinta que sale de la pluma no regresará jamás a ella, el saber que esta pluma eventualmente se secará le confiere un papel un tanto humano: la trascendencia. ¿Acaso no, el único consuelo que le pueda quedar a la pluma, sea saberse progenitora de una frase excelsa, o incluso de un cuento completo, magnífico e inolvidable? ¿Es que no corre el riesgo, como el escritor mismo, de extinguirse después de páginas y páginas de mediocre contenido? La pluma, vista así, es una extensión nuestra a través (además del evidente vínculo físico constituido por el contacto de nuestros dedos sobre ella y la cadencia que nuestra mano le transmite) de esta relación que nace de compartir la ambición de dejar huella.
Sin embargo, incluso creyendo en estos vínculos y en estas responsabilidades, sería absurdo no querer escribir con pluma algo de lo que no estemos seguros de que será bueno. De hecho, ése es precisamente el atractivo. Todo lo que compone este acto de escribir: la hoja en blanco que habrá de ser surcada por la tinta y marcada para siempre; la tinta que forma pactos de distintas formas con el papel; la pluma que da a luz a esa tinta y que contornea la forma de los pactos; el escritor, a cuyo mandato se somete la pluma: todos arriesgan.
Escribir no es sólo el texto que finalmente contempla el autor en la pantalla de la computadora, cuando resopla y esboza una sonrisa de satisfacción por haber concluido una obra o parte de ella; esas palabras no transmiten la duda que hubo detrás, son frías y monótonas, indiferentes, efímeras e irreales, ilusiones ópticas; no hablan del frenesí que experimentó el escritor al concebirlas, no hay enmienda y no hay luto por aquellas que se quedaron en el camino.
2 comentarios:
Muy bueno!! Todavía recuerdo cuando me dedicó este texto!! Ay la presunción!! Ay la envidia!! XD
Me encató, es muy cierto, lo comparto...se trata ahora de crear el vínculo entre la compu y yo como escritor.
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